marzo 4, 2024

María José Martínez-Harms: Un recorrido por la naturaleza y la búsqueda de bienestar

Con un par de binoculares en mano y generalmente acompañada de su hija Sofía, la ingeniera en recursos naturales, María José Martínez-Harms, disfruta cada vez que camina por un parque natural o alguna zona costera de Chile. En medio de estos paisajes, imagina que sus pulsaciones aceleradas bajan de velocidad y que la respiración es más profunda.

A sus 43 años de edad, la directora del Laboratorio de Conservación y Bienestar Humano, del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, está convencida de que la relación entre la naturaleza y las personas es una enorme fuente de bienestar físico, emocional, material y cultural en los diferentes territorios y ecosistemas. De ahí que su vida personal y laboral esté profundamente vinculada a esta dimensión.

María José nació en Concepción y vivió sus primeros cuatro años en Huepil, Región del Biobío. Su amor y apego por la naturaleza terrestre y marina, surgió durante su infancia, gracias a la influencia de su familia. Sus recuerdos más potentes se encuentran en Dichato, localidad donde pasó muchos veranos en la casa de su abuela materna y también, sumergida en las frías aguas de la costa, entremedio de algas y estrellas de mar que ella misma observaba y buscaba con persistencia. “También me gustaba mucho salir de paseo a la naturaleza con mi abuelita. Ella agarraba los manteles, la tetera y nos íbamos a pasar el día la a laguna Pingueral”, recuerda.

María José y su familia en Dichato

El contacto con entornos naturales durante su infancia, también ocurrió más al sur de Chile, visitando diferentes parques nacionales junto a sus padres y sus tres hermanos: Jaime, Rodrigo y Cristián. “Todos los años la meta de mi papá era llegar hasta la carretera Austral. Sin embargo, nunca pudimos hacerlo porque el auto se quedaba en pana. En uno de esos viajes familiares, hubo un verano que estuvimos dos semanas en Conguillío y eso fue muy especial. Creo que haber tenido todas esas experiencias en la costa y sur de Chile sumergida en la naturaleza, me marcaron mucho y también influyeron en que yo no estudiara una carrera más tradicional”, señala la investigadora de la Universidad Santo Tomás.

María José en las aguas de Dichato

La científica -quien después vivió en Santiago junto a su familia-, asegura que siempre fue “bastante matea” en el colegio y que pensó estudiar medicina, pero nunca estuvo realmente convencida.  A través de su hermano Jaime -biólogo de la U. de Chile y con quien mantiene un lazo muy cercano-, se enteró que en esta misma universidad existía la carrera de ingeniería en recursos naturales, opción que la motivó completamente. Así fue como inmersa en esta carrera, María José descubrió diferentes áreas de su interés y una generación diversa de personas con la que comparte hasta el día de hoy.

El último año de pregrado conoció al profesor Rodolfo Gajardo, con quien desarrolló su tesis. Fue justamente en una de sus clases en las que revisaron un artículo científico sobre el valor de los servicios ecosistémicos, tema que la dejó fascinada y le pareció muy relevante y transversal para la toma de decisiones, dándole además espacio a la ecología, geografía y dimensiones sociales, entre otras. A raíz de esto, es que su investigación final se focalizó en servicios ecosistémicos de la Patagonia, incluyendo una evaluación cualitativa que también la motivó a seguir explorando esa línea.

La investigadora junto a sus padres y dos de sus hermanos

Sumergida en nuevos ecosistemas

Al salir de la Universidad, su primer trabajo fue en la Fundación Chile, como personal de terreno cerca de Rapel, lugar donde quedó impactada con el daño ambiental debido a un tranque de relave den las cercanías de un área protegida.

Luego, a los 26 años, tomó sus maletas y partió a la ciudad de Morelia en México a realizar su magíster, tras haber conocido en Valdivia en un congreso de la FORECOS a la Dra. Patricia Balvanera Levy, investigadora de la Universidad Autónoma de México y “gurú de los servicios ecosistémicos en Latinoamérica”, según María José. Gracias a una beca de la UNAM, la científica chilena estuvo tres años en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES) de la UNAM. Aquí se unió a un equipo interdisciplinario desarrollando investigación que integraba ciencias naturales y sociales, en un proyecto sobre manejo integrado de cuencas en La Reserva de la Biosfera Chamela-Cuixmala en el Estado de Jalisco. Así, su trabajo de magíster se focalizó en cuantificar y mapear biodiversidad vegetal y servicios ecosistémicos a nivel de cuenca en la reserva, integrando datos de campo y de percepción remota. Dicha experiencia, que contempló numerosas visitas a terreno arriba de una camioneta y el contacto directo con una cultura y ecosistema diferente, fue muy relevante para la investigadora del IEB. Durante su estadía y junto a su tutora, también desarrolló un capítulo de un libro, referido a los servicios ecosistémicos del bosque tropical seco.

La científica durante su estadía en México

“Estar en México fue salir de la burbuja, en un país con una identidad muy marcada y fuerte presencia de los pueblos originarios. Durante esta estadía también se conversaba mucho sobre los servicios ecosistémicos y las contribuciones basadas en la naturaleza en términos de calidad de vida y bienestar humano, considerando estar siempre cerca de las comunidades. Estar en un ecosistema tropical, generar importantes redes de trabajo y el hecho de que fuera un proyecto interdisciplinario, me marcó positivamente”, señala la Doctora en Ciencias de la Conservación de la Biodiversidad de la Universidad de Queensland, Australia.

María José y la profesora Patricia Balvanera

Tras esta experiencia y una consultoría para Conservation International en Chiapas, María José regresó a Chile el 2010 y comenzó a trabajar en la consultora GEOBIOTA. En el intertanto también, realizó una pasantía en la Universidad de California Berkeley, Estados Unidos, en el Departamento de medio ambiente, política y manejo con la Dra. Adina Merenlender, con foco en planificación de paisaje y mapeo de servicios ecosistémicos. Luego de eso, postuló a Becas Chile y así obtuvo los recursos para instalarse en Australia el año 2012 y desarrollar su doctorado en la ciudad de Brisbane, junto a la Dra. Kerrie Willson, a quien había conocido en México, y el Dr. Hugh Possingham.

Su estadía en ese país fue de cuatro años y medio, tiempo en el que desarrolló su tesis e investigación sobre planificación para la conservación de las personas y la naturaleza en Chile. Su investigación aplicó un marco de priorización espacial de la conservación para diseñar la expansión de áreas protegidas en Chile Central a fin de mejorar la representación de la biodiversidad y el acceso de las personas a los beneficios que entrega la biodiversidad. Esto hizo que María José viajara a Chile en varias ocasiones, e incluso, realizara entrevistas a investigadores del Instituto de Ecología y Biodiversidad, entre ellos, Aníbal Pauchard.

María José en Australia, embarazada de Sofía

Pero la estadía de María José en Australia también estuvo marcada por un hito fundamental: el nacimiento de su hija Sofía, quien pasó sus primeros dos años de vida en ese país. La científica viajó a Santiago al parto de su hija, quien fue recibida por su propio padre, el médico obstetra de la Clínica Dávila, Jaime Martínez. Luego de eso volvió a Brisbane, acompañada unos meses de su ex pareja y papá de Sofía, y también de su madre, Juanita Harms, quien la apoyó durante los primeros seis meses. Tras eso, María José continuó viviendo en Australia, debiendo compatibilizar trabajo y crianza.

“Vivir en Australia con mi hija fue complejo en algunos sentidos, pero a la vez resultó una tremenda experiencia. La vida allá es increíble y creo que para mi hija fue vital pasar sus primeros años en un lugar lleno de parques, con marsupiales y cacatúas en el balcón, y andando a pie pelado. Si bien mi vida social se restringió con la llegada de Sofi y hubo muchos momentos de estrés, pude arreglármelas y crear nuevas rutinas. Todos los días, por ejemplo, acostaba a mi guagua a las 7 de la tarde y luego trabajaba hasta las 12 de la noche”, recuerda.

María José valora el gran apoyo que le dio su familia durante ese período. También, recuerda el sentirse muy respaldada por sus amigos de la comunidad de chilenas y chilenos que vivían en Brisbane. Pese a todo eso, recién a su vuelta a Chile logró culminar su doctorado. Llegó hasta la casa de sus padres y ahí se encerró durante dos semanas en una pieza a terminar y enviar su tesis.

En ese contexto, la investigadora reflexiona sobre la importancia de seguir fortaleciendo el apoyo a las mujeres científicas. “Espero que haya un verdadero cambio cultural, para que las mujeres podamos seguir cuidando a nuestras y nuestros hijos y a la vez, continuar desarrollándonos en nuestras carreras científicas, sin tener que vivir en mundos separados. Y para eso necesitamos seguir generando mayor flexibilidad, un aspecto que ya estamos viendo en el IEB”, señala.

A su regreso a Chile, María José comenzó a trabajar en la Pontificia Universidad Católica, realizando su postdoctorado con el investigador del IEB Stefan Gelcich, en un proyecto sobre conservación y manejo de servicios ecosistémicos marinos. También coordinó la Estrategia Regional de Conservación en la Patagonia junto al cofundador del IEB, Juan Armesto, compartiendo un escritorio, muchas conversaciones y diversos conocimientos que también fueron plasmados en el libro “Conservación en la Patagonia chilena” disponible en inglés y español.

Durante la entrega del Premio L’Oreal

Asimismo, la científica comenzó a vincularse con diversas ONGs y profesionales, fortaleciendo su línea de trabajo en los ecosistemas terrestres y marinos, la conservación basada en la evidencia, y la planificación espacial para la conservación de la biodiversidad y servicios ecosistémicos. Por todas estas contribuciones es que en el año 2019 recibió el Premio L’Oreal Chile-Unesco For Women In Science, además de generar importantes redes de trabajo y colaboración nacional e internacional.

Laboratorio en el IEB

Tras la adjudicación del Fondo Basal del IEB en diciembre del 2021, María José fue convocada a participar del proyecto como investigadora principal, creando así el Laboratorio de Conservación y Bienestar Humano, de la Línea RP4. Este grupo, que también integra a profesionales de las ciencias sociales, se dedica a evaluar las contribuciones que entrega la naturaleza a las personas, y apoyar la planificación del paisaje en la tierra y el mar en diversos territorios, buscando equilibrar la conservación de la biodiversidad y el bienestar de la sociedad.

Equipo del Laboratorio de Conservación y Bienestar Humano

En ese marco, la científica y su equipo han desarrollado múltiples investigaciones -como es el mapeo de servicios ecosistémicos y evaluación de los agentes impulsores de cambio-, actividades y material de divulgación a la comunidad, y acciones y contenidos que buscan tener eco en las políticas públicas y la toma de decisiones. Ejemplo de ello, es el trabajo interdisciplinario realizado por María José, la profesora de la Universidad Estatal de Oregón Kelly Biedenweg y la investigadora del Centro IDEAL Laura Nahuelhual. Durante el 2023 lanzaron el Manual para la Creación de Indicadores de Bienestar Humano en Áreas Protegidas de Chile (zenodo.org) y este año publicarán una investigación sobre cómo incorporar los servicios ecosistémicos culturales en la medición de indicadores de bienestar humano para el desarrollo de políticas públicas.

Otra línea de trabajo destacada es la priorización de áreas y acciones para la conservación en Chile en ecosistemas terrestres, marinos y de agua dulce, promoviendo el acceso social de la naturaleza a todas las personas.

Actualmente, la científica del IEB también es investigadora de la Universidad Santo Tomás y del Instituto Milenio de Socio-Ecología Costera, SECOS, y miembro de la iniciativa Ríos Protegidos.

“Ser parte del IEB es un gran desafío y como grupo tenemos mucho que seguir avanzando. Queremos seguir conectando el conocimiento local con el científico, integrar a las comunidades de los territorios a las estrategias de planificación y conservación, y abordar la ciencia ciudadana para informar a la política pública, entre otros objetivos. Y a nivel institucional, creo que uno de nuestros motores debería ser apoyar muy de cerca la implementación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas, SBAP”, menciona.

La ingeniera en recursos naturales también destaca el importante rol que juega la comunicación de la ciencia y el arte en su laboratorio y diversas líneas de trabajo. De hecho, la ilustradora científica, Francisca Cárcamo “Panchulei”, es una integrante más del equipo y quien trabaja permanentemente en la co-creación de contenidos para diversas actividades, publicaciones científicas y redes sociales, entre otros espacios.

“Nos interesa mucho poder comunicar lo que hacemos a la gente. Es ambicioso, pero es un granito de arena para democratizar el conocimiento. Llevamos dos proyectos de constituciones fallidas y estamos en una crisis de biodiversidad, de cambio climático, pero también de conocimiento. Es por eso que en este laboratorio le damos bastante espacio a la ilustración y al arte. El arte es una herramienta universal de comunicación en estos tiempos de crisis, para tratar de concientizar y movilizarnos de manera colectiva, y llegar a las personas con sus necesidades y urgencias”, asegura la científica.

Actualmente, María José vive en Santiago junto a su hija de 9 años. Sofía es su gran compañera y con quien comparte al máximo su tiempo libre y en ocasiones también, sus actividades como investigadora.

Durante varios meses también, después de la pandemia, ambas vivieron en Viña del Mar. Tanto María José como sus padres tuvieron Covid antes del proceso de vacunación y cayeron hospitalizados. “Mis papás estuvieron entubados. Y mi mamá, tres meses en ese proceso. Eso fue muy duro, así que al tiempo quise salir de la vorágine. Tomé mis maletas y a mi hija y nos fuimos a vivir a Viña. Ahora estoy de vuelta en Santiago, por mi trabajo, pero en un futuro me gustaría poder salir de la ciudad”.

La científica del IEB se reconoce a sí misma como algo acelerada y trabajólica, pero muy apasionada por su trabajo diario, que incluye el apoyo a diferentes entidades que contribuyan a la conservación de biodiversidad.

Pese a ello, asegura que su práctica diaria de Vinyasa yoga, que realiza desde los 19 años, contribuye a reducir el estrés y darse un tiempo exclusivo para ella. Este bienestar también lo experimenta cuando está en contacto con la naturaleza y compartiendo momentos al aire libre junto a su hija, principalmente por diferentes parques naturales, lagunas, humedales y el mar. De hecho, Sofía sabe bucear al igual que su padre, quien es buzo en Quintay. “Realmente, la naturaleza es esencial para nuestro bienestar, sustentando nuestra salud física, mental y espiritual. La clave de nuestra coexistencia reside en la armonía de nuestras interacciones con ella”, finaliza.