junio 25, 2025
Estudio revela que la extinción de los mastodontes hace 10,000 años aún afecta la biodiversidad de los bosques hoy

-La paleoecología chilena ha logrado identificar una interacción ecológica clave que habría dado forma a los ecosistemas del área mediterránea de América del Sur: la dispersión de semillas de diversas especies vegetales nativas por parte de mastodontes sudamericanos extintos, conocidos como gonfoterios. Este hallazgo, basado en el estudio de restos fosilizados de estos antiguos gigantes, abre una nueva ventana para comprender cómo funcionaban los ecosistemas antes de la extinción de la megafauna, hace más de 10.000 años.
El debate global sobre la “resurrección” de especies extintas

El descubrimiento adquiere relevancia global al coincidir con un debate creciente sobre la resurreción o de-extinción de especies extintas y sus funciones ecológicas. En los últimos años, compañías biotecnológicas han impulsado proyectos para «resucitar» grandes mamíferos desaparecidos, argumentando que su regreso podría ayudar a restablecer antiguos ecosistemas y enfrentar algunos de los efectos del cambio climático.

Uno de los ejemplos más citados es la propuesta de recuperar la llamada “estepa del mamut” en Siberia: vastas praderas que durante el Pleistoceno fueron habitadas por especies como el mamut lanudo, el rinoceronte lanudo, bisontes, caballos y el buey almizclero. Según estas compañías, restaurar ese ecosistema contribuiría a frenar el deshielo del permafrost y evitar la liberación de carbono acumulado desde hace milenios.
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“La idea es que al reactivar estas interacciones ecológicas perdidas, como la presencia de grandes herbívoros removiendo el suelo y dispersando semillas, podría mantenerse más tiempo la materia orgánica enterrada bajo el permafrost”, explica el Dr. Erwin González Guarda, paleontólogo de la Universidad de O’Higgins e investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social.
Evidencia directa desde el sur de América

El estudio entrega una pieza clave para este tipo de argumentos, evidencia directa de que los mastodontes que habitaron el sur de América desempeñaban un papel central como frugívoros y dispersores de plantas con frutos grandes, muchos de ellos también con semillas de gran tamaño. Esta interacción entre megafauna y vegetación habría sido determinante en la conformación de paisajes y biodiversidad en regiones como el centro de Chile.
“El estudio de estas interacciones ecológicas no solo es relevante para entender el pasado. Tiene implicaciones muy concretas en las estrategias actuales de conservación y restuaración frente a la actual crisis climática y de biodiversidad”, añade Claudio Latorre, investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB).
Esta relación ecológica entre los grandes herbívoros y la vegetación habría sido fundamental para moldear el paisaje y la biodiversidad en zonas como el centro de Chile. “Especies como la palma chilena dependían de estos grandes herbívoros para dispersar sus semillas a grandes distancias, lo que facilitaba su persistencia, regeneración y expansión geográfica”, explica la Dra. Andrea Loayza, investigadora del IEB y coautora del estudio. La desaparición de la megafauna hace 10.000 años interrumpió estos procesos, con consecuencias que persisten hasta hoy.
Una hipótesis histórica, ahora con pruebas fósiles
El hallazgo llega a apoyar la hipótesis de los “Anacronismos Neotropicales”, propuesta en 1982 por el biólogo Daniel Janzen y el paleoecólogo Paul Martin. Según esta teoría, muchas plantas de América Latina desarrollaron frutos grandes y carnosos -denominados megafaunales- para atraer a grandes animales hoy extintos, como mastodontes, perezosos gigantes o caballos nativos, que actuaban como sus principales dispersores.
“Frutos grandes, dulces y de colores llamativos son señales de una relación antigua con la megafauna”, explica la Dra. Andrea Loayza. “Muchas de estas especies vegetales parecen haber quedado ‘ancladas en el pasado’, adaptadas a interacciones ecológicas que ya no existen, lo que hoy limita su regeneración natural y aumenta su riesgo de extinción”.
Reconstrucción a partir de fósiles
En el artículo publicado en Nature Ecology and Evolution, el equipo encabezado por el Dr. Erwin González Guarda, junto a los investigadores Claudio Latorre, Andrea Loayza y Ricardo Segovia -todos del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB-, entre otros, entrega pruebas fósiles directas de esta interacción a partir del análisis de molares de gonfoterios que vivieron en Chile durante la última glaciación.
“Los gonfoterios recorrían largas distancias diariamente, y con ello ayudaban a expandir geográficamente las plantas que consumían, especialmente aquellas con frutos megafaunales”, detalla el Dr. González Guarda. “Esa dispersión a gran escala les permitía adaptarse mejor al cambio climático y colonizar nuevos ambientes. Pero con la desaparición de estos animales, ese proceso se detuvo abruptamente”.
Se observa a la especie de proboscídeo extinto Notiomastodon platensis alimentándose de frutos de palma chilena en el Parque Nacional La Campana (Ilustración por Mauricio Álvarez).
Actualmente, especies como la palma chilena -en Valparaíso y Coquimbo- o el queule -en el Maule-, que antiguamente dependían de estos grandes dispersores, sobreviven apenas en relictos aislados.
Los investigadores analizaron restos fósiles recolectados en un gradiente de 1.500 kilómetros, desde Los Vilos hasta Chiloé, incluyendo el sitio del antiguo Lago de Tagua Tagua, en la Región de O’Higgins. Utilizaron tres métodos principales, análisis de isótopos estables de oxígeno, microdesgaste dental y estudio del cálculo dental -sarro fósil-. Los resultados confirmaron que estos mastodontes habitaban ambientes boscosos y tenían una dieta variada que incluía frutos carnosos.
¿Consecuencias actuales de una extinción prehistórica?
La siguiente pregunta fue clara, ¿la pérdida de esa interacción sigue afectando hoy a las especies vegetales? “Una vez que encontramos evidencia de frugivoría en los dientes de mastodontes extintos en Chile, nos preguntamos si la interrupción de esta relación hace 10.000 años tendría consecuencias actuales sobre las plantas que antes dependían de ellos”, explica el Dr. Ricardo Segovia, investigador del IEB.
Para responderla, el equipo comparó el riesgo de extinción de árboles con frutos megafaunales en diferentes regiones de América. En zonas tropicales aún persisten meso y megamamíferos, como tapires o primates, que pueden dispersar estos frutos. En cambio, en Chile, estas funciones no han sido reemplazadas.
Los resultados fueron contundentes, los árboles con frutos megafaunales del centro de Chile presentan un mayor riesgo de extinción que los de otras regiones del continente. La ausencia de dispersores efectivos limita su regeneración y conectividad genética.
De esa forma, este trabajo se convierte en un hito para la paleoecología sudamericana. Es uno de los pocos casos donde se ha obtenido evidencia concreta de una interacción ecológica perdida hace milenios. Una mirada al pasado que, paradójicamente, puede ser clave para diseñar mejores estrategias de conservación en el futuro.