abril 29, 2026
El enigma del lucumillo: pequeñas diferencias de agua explican por qué algunas plantas florecen y otras no

–Un estudio liderado por Andrea Loayza, investigadora del IEB y de la Universidad de La Serena, revela que estas variaciones en la humedad del suelo pueden determinar el crecimiento y la reproducción de este arbusto endémico en peligro de extinción.
-Publicada en Frontiers in Ecology and Evolution, la investigación muestra que incluso a pocos metros de distancia, las plantas pueden experimentar la sequía de manera completamente distinta.
Una especie de origen tropical y hoy en peligro de extinción, revela cómo pequeñas diferencias en la humedad del suelo pueden condicionar su desarrollo y supervivencia. Hablamos del lucumillo (Myrcianthes coquimbensis), arbusto endémico del desierto costero de Chile, cuya distribución se restringe a menos de 100 km².
Todo comenzó con una observación simple, viendo cómo algunos individuos de lucumillo florecían cada año, mientras que otros, a pocos metros de distancia, no lo hacían nunca. Dicho panorama y preguntas dieron origen a un estudio liderado por Andrea Loayza, investigadora del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB, y U. de La Serena, el cual fue publicado en la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution.
“El lucumillo siempre nos sorprende y genera curiosidad. En este caso, veíamos que algunos ejemplares florecían siempre, o casi todos los años, mientras que otros no lo hacían, incluso estando a tres o cuatro metros de distancia. Así es que queríamos entender qué estaba ocurriendo bajo condiciones aparentemente similares”, detalla Andrea Loayza.

Dilucidar este enigma fue una motivación para la científica y el equipo, integrado también por Francisco Squeo, Presidente del IEB, entre otros investigadores de la U. de La Serena. “Si una planta no florece, no produce semillas, afectando directamente la posibilidad de que la especie se mantenga en el tiempo. En el caso del lucumillo, hay individuos que pueden pasar años sin florecer, y eso limita mucho su regeneración”, explica Loayza.
Un experimento en el límite del desierto
El estudio se desarrolló durante 15 meses en una población ubicada al sur de La Serena, entre Totoralillo y Las Tacas, en una zona de transición entre el desierto costero y el matorral mediterráneo, donde las lluvias son escasas y altamente variables. Allí, el equipo monitoreó 20 plantas adultas —la mitad con floración regular y la otra mitad con floración esporádica— evaluando su desempeño fisiológico y las condiciones del suelo.
Para ello, midieron variables como fotosíntesis, crecimiento, producción de flores y estado hídrico. Además, utilizaron un indicador llamado Water Stress Integral (WSI), que permite cuantificar el estrés hídrico acumulado por una planta a lo largo del tiempo.

El resultado central mostró algo clave: incluso a pocos metros, la disponibilidad de agua en el suelo varía lo suficiente como para generar trayectorias completamente distintas entre individuos. Andrea Loayza explica que esta heterogeneidad funciona como un “filtro ecológico”: algunas plantas acceden a mejores condiciones, mantienen mayor fotosíntesis, crecen más y tienen más probabilidades de florecer, mientras que otras acumulan mayor estrés y solo se mantienen vivas.
“No todas las plantas experimentan la sequía de la misma forma, incluso dentro de una misma población. Pequeñas diferencias en la humedad del suelo, a una escala muy local, pueden traducirse en grandes diferencias en crecimiento y reproducción”, comenta la científica del IEB.
Un umbral crítico para la reproducción
El estudio también identificó un umbral crítico. “La floración del lucumillo depende de que las plantas superen un cierto umbral de estrés hídrico. Cuando ese umbral no se alcanza, la probabilidad de floración es muy baja”, detalla Loayza.
Este hallazgo tiene implicancias profundas. Aunque los individuos pueden sobrevivir muchos años, la falta sostenida de reproducción reduce drásticamente la regeneración poblacional. “El lucumillo es muy longevo. Puede resistir largos periodos de sequía, pero sin floración, no hay semillas, y sin semillas, en el largo plazo, se compromete la continuidad de la especie”, describe la Doctora en Biología.
Amenazas y riesgos crecientes
El problema se agrava al considerar el contexto actual. El lucumillo enfrenta múltiples amenazas: distribución extremadamente restringida, pérdida de hábitat por el creciente desarrollo costero y una regeneración natural muy limitada. A esto se suma el cambio climático. En la Región de Coquimbo, se proyecta un aumento de la aridez y una mayor escasez hídrica, o que podría intensificar las diferencias entre individuos. “A mayor estrés hídrico, menor probabilidad de crecimiento y de floración. Esto implica menor producción de semillas y menor capacidad de persistencia. El panorama es bastante crítico”, enfatiza la investigadora.

Andrea Loayza también destaca una paradoja: las poblaciones más vigorosas están en las áreas más “húmedas” de su distribución, como Totoralillo, que coinciden con las áreas más presionadas por el desarrollo inmobiliario. En contraste, hacia el norte, donde hay menor intervención humana, las condiciones son más áridas y hay menor floración y producción de frutos.
Una especie clave en el ecosistema
El lucumillo no solo es relevante por su estado de conservación, pues también cumple un rol ecológico importante. Sus flores, que aparecen a finales de la primavera y el verano (noviembre a febrero) proveen recursos a más de 20 especies de polinizadores en una época en que pocas plantas florecen. Además, sus frutos también son consumidos por roedores nativos como los degus, contribuyendo a las interacciones tróficas del ecosistema.
Actualmente, el lucumillo está clasificado como en peligro de extinción, pero aún no ha sido incorporado el Decreto Supremo N°68. Esto implica que, pese a su alto nivel de amenaza, no cuenta plenamente con las herramientas legales asociadas a esta clasificación, lo que limita su protección efectiva frente a presiones como la pérdida de hábitat, aumentando su vulnerabilidad.
Pese a este escenario, la científica destaca avances en educación ambiental y conciencia pública. Iniciativas como: “Yo cuido al lucumillo” y el plan RECOGE Lucumillo —un instrumento del Estado de Chile que define acciones concretas de conservación, manejo y recuperación para evitar la extinción de esta especie— han ayudado a visibilizar su importancia. En algunas localidades, las propias comunidades han comenzado a proteger activamente las poblaciones.

Finalmente, la investigación realza una idea central: en ecosistemas áridos, las diferencias a escalas pequeñas pueden ser determinantes. Para entender y conservar estas especies, no basta con considerar solo el clima regional. Es necesario observar lo que ocurre entre individuos, a pocos metros de distancia, donde pequeñas variaciones pueden definir quién sobrevive y quién logra reproducirse.