abril 7, 2026

Chile central no era un bosque homogéneo: estudio interdisciplinar propone nuevas claves para su restauración

El artículo, publicado a comienzos de este año en la revista Regional Environmental Change, integra tres disciplinas: ecología, paleoecología e historia ambiental, para replantear las líneas de base del paisaje mediterráneo chileno. Entre sus aportes, el estudio abre nuevas posibilidades para la restauración ecológica, la reintroducción de especies y el reconocimiento del rol que pueden cumplir ganaderos y los conocimientos locales en la conservación. Entre sus autores, se encuentra el Dr. Matías Guerrero quien fue becado de postgrado por el IEB.

Enlace al estudio: https://link.springer.com/article/10.1007/s10113-026-02532-y

Un equipo interdisciplinario de investigadores publicó el artículo “Contribuciones paleo-ecológicas e históricas a las líneas de base para la restauración y reintroducciones en Chile Central”. Entre ellos, se destacan Meredith Root-Bernstein, Matías Guerrero-Gatica, quien es Dr. en Ecología becado por el Instituto de Ecología y Biodiversidad en la Universidad de Chile, y Natalia Villavicencio, de la Pontificia Universidad Católica. 

El trabajo propone una idea tan innovadora como desafiante. Antes de la colonización española, Chile central no habría sido un paisaje homogéneo, estable y dominado por un bosque esclerófilo continuo, sino un mosaico dinámico de hábitats, moldeado durante miles de años por la megafauna, las perturbaciones naturales y la acción humana de los primeros habitantes de esta parte del continente.

La investigación cuestiona una visión tradicional muy instalada desde la ecología, según la cual el ecosistema precolombino de Chile central habría sido uniforme y poco perturbado. En su lugar, el estudio reúne evidencia paleoecológica, histórica y ecológica para plantear escenarios alternativos de líneas de base que amplían el horizonte de la restauración y permiten imaginar nuevas formas de conservación en el presente. Para Matías Guerrero, este cambio de mirada es también una invitación a complejizar el debate ambiental. “Los ecólogos tendieron a imaginar un paisaje homogéneo y estable; nosotros proponemos que era un ecosistema activamente en uso, pero no degradado, por comunidades indígenas y por la megafauna”.

Cuando la restauración observa la historia 

Uno de los aspectos más novedosos del artículo es su apuesta metodológica. Lejos de quedarse dentro de los límites de una sola disciplina, el trabajo cruza la ecología contemporánea, la paleoecología y la historia ambiental para reconstruir cómo pudieron ser los ecosistemas mediterráneos de Chile central antes de la llegada de los colonizadores, como si viajaramos en el tiempo. Ese cruce no solo amplía la base de evidencia, también abre nuevas preguntas para la ciencia y las políticas públicas. Si el paisaje fue históricamente más heterogéneo de lo que se pensaba, entonces la restauración no tendría por qué aspirar siempre a ser un bosque cerrado y continuo como único ideal posible. Formaciones como el espinal, mosaicos de matorral, bosque esclerófilo y espacios abiertos, podrían formar parte de una restauración más realista, situada y funcional.

“La gran ventaja de este diálogo interdisciplinario es que nos abre imágenes distintas y posibilidades diversas de restauración”, señala Guerrero. “El bosque esclerófilo era algo más que un bosque continuo, y eso cambia por completo las líneas de ejecución de la restauración”, afirma.

La importancia del enfoque interdisciplinario también se refleja en la trayectoria del investigador, quien desarrolló su tesis doctoral, becado por el Instituto de Ecología y Biodiversidad con la tesis “Prácticas y memoria socioecológica en su relación territorial en el contexto de conservación: el caso del bosque, matorral esclerófilo y ecosistemas adyacentes de Chile central”. Esa línea de trabajo conversa directamente con la temática del artículo: pensar en la conservación no solo desde la biología, sino también desde la memoria territorial, los usos del paisaje y los saberes locales, desafíos que proponen los conflictos socioecológicos en la ciencia.

Megafauna, pueblos indígenas y paisaje

El estudio recoge evidencia sobre especies actuales y extintas -como es el caso de los guanacos, huemules, armadillos, ñandúes, pumas, jaguares, gonfoterios, milodóntidos, paleolamas y macrauquenias- para mostrar que el paisaje del pasado fue probablemente mucho más dinámico de lo que hoy imaginamos.

La hipótesis es clara: la megafauna fue un componente central en la estructura del paisaje, en la dispersión de semillas, en la apertura de claros, en la herbivoría y en la configuración de mosaicos ecológicos. A eso se le suma el uso del territorio por comunidades humanas, que generaban fuego, abrían espacios y convivían con otras especies. “No vamos a obviar el hecho de que la megafauna tuvo un efecto. Existió, y ningún ecólogo lo negará. El problema es que muchas veces se acepta esa presencia y, acto seguido, se vuelve a una imagen demasiado reduccionista de un bosque esclerófilo continuo y homogéneo”, señala Guerrero. Desde esa perspectiva, el artículo invita a revisar el llamado “síndrome de la línea de base cambiante”, es decir, la tendencia a considerar como “normal” el ecosistema que conocemos hoy, olvidando procesos más largos de transformación ecológica y cultural.

Ganadería y conservación

Uno de los puntos más provocadores y actuales del estudio es la invitación a revisar el lugar que la ganadería ocupa en el debate sobre conservación. La investigación no idealiza el ganado ni niega que pueda producir degradación, pero sí cuestiona su tratamiento automático como enemigo del bosque esclerófilo. Considerando trabajos previos desarrollados en Chile central, el Dr. Guerrero ha mostrado que el efecto de las vacas sobre el bosque esclerófilo depende del manejo. Bajo ciertos regímenes, el ganado puede degradar; bajo otros, puede colaborar en procesos de regeneración o en el mantenimiento de ciertas formaciones vegetacionales.

“La vaca no puede seguir siendo el chivo expiatorio de todos los problemas del bosque esclerófilo”, afirma. “Bajo ciertas condiciones degrada, sí, pero bajo otras cumple funciones ecológicas parciales que antes cumplían otros grandes herbívoros”. Este punto es especialmente relevante en un contexto donde varias especies nativas que históricamente cumplían funciones ecológicas similares -como el guanaco, o incluso extintas como paleolama, macrauquenias o gonfoterios- ya no están presentes o lo están solo de manera residual. En ese escenario, el ganado puede estar ocupando parte de esos roles, por ejemplo, en dispersión de semillas o mantención de ciertas estructuras del paisaje. La discusión abre una vía particularmente fértil para la conservación en Chile central. Esto es, pensar en restauraciones que reconozcan la heterogeneidad del paisaje y que incorporen usos antrópicos sustentables, en vez de excluirlos de forma automática.

Un actor que suele quedar fuera de las narrativas conservacionistas son los ganaderos. Desde su trabajo territorial, el investigador ha recogido conocimientos locales que muestran cómo muchas comunidades rurales conocen en detalle la dinámica del bosque, el comportamiento de la fauna, la regeneración vegetal y hasta el rol del ganado en la reducción de combustible fino y riesgo de incendios. “Hay que dejar de ver al ganadero como un agente exterminador y degradador de la biodiversidad, para empezar a ver a varios de ellos como aliados de la conservación”, sostiene. “Cuando haces ese cambio, incorporas una masa crítica de personas que puede cumplir un papel fundamental en el manejo sustentable de los ecosistemas de Chile central”, destacó el investigador, quien invita a ver que la restauración del futuro no puede construirse solo desde laboratorios o modelos abstractos. También necesita escuchar a quienes habitan, recorren y conocen esos territorios desde hace generaciones.

Más que cerrar una discusión, el artículo busca abrirla. Sus autores reconocen límites en el registro fósil y en la evidencia disponible, pero precisamente por eso defienden la necesidad de pensar con más complejidad, integrar disciplinas y ensayar nuevas hipótesis para la restauración. “Este artículo es un aprendizaje interdisciplinario”, resume Guerrero. “Ojalá los ecólogos lo tomen como una oportunidad para trabajar mancomunadamente con otras disciplinas de las ciencias ambientales, pero también con las ciencias sociales y las humanidades”.

En tiempos de crisis climática, megasequía y pérdida de biodiversidad, esa apertura puede resultar decisiva. El estudio sugiere que mirar más atrás -hacia la historia profunda del territorio- puede ayudar a mirar mejor hacia adelante. “Si incorporamos conocimientos locales, paleoecología, historia y ecología, la restauración puede ser más efectiva, menos costosa y mucho más pertinente para los ecosistemas reales de Chile central”, concluye el investigador.