January 4, 2022

Alicia Hoffmann y la ruta por su jardín

El 3 de diciembre, la destacada escritora y colaboradora del IEB cumplió 89 años, y hoy queremos celebrarla recordando parte de su historia y pasión por la naturaleza, un camino personal y colaborativo que la han llevado a transitar por el campo de la ecología, la botánica, la ilustración y la educación ambiental, realizando diversos aportes.

Desde hace varios años, un ave de plumaje gris y ojos rojos, visita el jardín de Alicia Hoffmann en la Comunidad Ecológica de Peñalolén.  Proveniente de un sitio desconocido, el pájaro se detiene sobre un poste y luego retoma su vuelo. Así lo recuerda la botánica chilena, mientras pone una hoja sobre la mesa que retrata la imagen de este misterioso visitante.

El diucón que aparece dibujado, es una de las últimas creaciones que nacieron de la inquieta pluma de la ex profesora de la Universidad Católica, autora de numerosos libros y colaboradora permanente del Instituto de Ecología y Biodiversidad.

A sus 89 años recién cumplidos, sus ojos no se cansan de observar el vaivén de la naturaleza que recorre desde lo más íntimo de su jardín, hasta fotografías e infinitas páginas de Internet. Hace poco también, descubrió a un par de añañucas creciendo en un rincón de su patio, ese espacio vital y cotidiano al que llegó hace más de 30 años, junto a Joaquín Cordua, su marido y gran compañero de aventuras.

Desde ese lugar, en el que crecen litres, espinos, quillayes, peumos e incluso una lenga de la Patagonia -que se ha convertido en el árbol más grande de su jardín-, Alicia Hoffmann contempla y se nutre de inspiración para sus nuevos proyectos: un libro sobre minería y ecología que está pronto a salir, y otros textos en los que espera plasmar sus más recientes ilustraciones de aves y flora de la zona central de Chile, un territorio que a su entender, ha ido transformándose drásticamente en los últimos años.

Médico pediatra de profesión, madre de una hija y tres hijos, y amante de la naturaleza y del dibujo desde muy pequeña, la científica chilena ha desarrollado un largo recorrido por el mundo de la ecología y la botánica, dando espacio a la investigación, la docencia, la ilustración y la creación de libros, principalmente para niñas y niños. Y en ese camino, siempre abierto a los desafíos, ha logrado conectarse e interactuar con múltiples personas de las más variadas edades, intereses y oficios.

La belleza de las hojas

La pasión de Alicia por la naturaleza siempre estuvo latente en ella, desde que realizaba excursiones a la cordillera junto su familia.  Sin embargo, dedicarle sus horas de trabajo a ella, no fue un camino en línea recta. Primero estudió medicina en la Universidad de Chile, pero sólo alcanzó a ejercer seis meses como pediatra, al interior del Hospital San Juan de Dios. “Empecé a sentirme incómoda. Me molestaba la forma en que trabajaban los médicos, y cómo ellos trataban a los padres de los niños. Una vez llegó una pareja de campesinos y fui testigo de cómo el médico retaba a los papás por no haber traído antes a su hijo, y eso me colmó. No lo soporté”, asegura.

En esos tiempos, y recién casada con Joaquín Cordua, la doctora Hoffmann supo que se había creado el Laboratorio de Botánica y Fisiología Vegetal en la Universidad de Chile. “Eso quiero hacer, me dije.  Lo conversé con mi marido y él me apoyó. Así que un día crucé desde el Hospital hasta la Facultad de Agronomía, para conversar con un botánico alemán con quien empecé a trabajar desde ese entonces y por mucho tiempo. Al principio realicé muchas labores en histología, analizando los tejidos vegetales. Yo hacía cortes, los miraba en el microscopio, y todo eso era de una belleza impresionante”, recuerda.

Tras ese cambio de oficio, no había vuelta atrás. Su pasión por el mundo vegetal se había despertado con fuerza y para siempre. Más adelante comenzó a indagar en la investigación  botánica. Luego, en los años 70´, se trasladó a la Universidad Católica de Chile, donde armó su propio laboratorio de botánica, en el recién creado Departamento de Ecología. Fue ahí donde empezó a realizar trabajos sobre interacciones entre plantas y animales, con temáticas como la dispersión de semillas. En esos años además, desarrolló un extenso estudio sobre el boldo. “Nosotros teníamos un campo, y yo veía que los boldos machos crecían bastante todos los años, mientras que las hembras, solo de vez en cuando. A partir de esa observación, diseñamos un experimento junto al investigador Eduardo Fuentes y llegamos a la conclusión de que la tarea de florecer y formar frutos, hacía que la planta hembra creciera año por medio”, explica la científica.

Los resultados de este estudio fueron compartidos como ejemplo en diversas clases con estudiantes de la UC. Una vez, estando de vacaciones en el campo, su hijo Gonzalo llegó con varios amigos. Se los presentó a su madre y uno de los invitados la quedó mirando y le dijo: “Ah, la vieja del boldo”, recuerda Alicia entre risas.

Durante todo ese recorrido, los pasos de la investigadora habían sido respaldados por su grupo familiar y su marido, ingeniero y gran amante de la naturaleza. Todos ellos, de alguna forma, la habían apoyado e impulsado a ser fiel a su camino. Y eso venía desde la niñez, en una casa “con dos madres y dos padres”, donde había espacio para conversar y discutir de múltiples temas. Su tía política, la reconocida psiquiatra que ahondó en el mundo de los sueños, Lola Hoffman, también fue pieza fundamental en su formación. “Cuando recién entré a estudiar medicina, ella me ayudó mucho a darme seguridad y libertad para hacer lo que yo quisiera en la vida”, comenta. Afortunadamente, su paso por la academia y la investigación -donde también indagó en el universo de las algas- fue un terreno amable para la científica, en el que recuerda haberse sentido respetada y valorada por su entorno. Algo que no parecía común en un ambiente mayoritariamente masculino.

Tras décadas de trabajo en las universidades, sus inquietudes también crecían. Luego de jubilarse, se abrió camino a otra veta de la educación, realizando talleres científicos y de biología en escuelas vulnerables, a través del Programa CREA.  “Estuve alrededor de seis años dedicada a esta área y fue una experiencia muy bonita”, asegura.

En esos años también, la botánica llegó a vivir a la Comunidad Ecológica de Peñalolén. “Cuando llegamos aquí hace unos 30 años, todo esto era un campo que formaba parte de un terreno que se había entregado a la Reforma Agraria. Era como un potrero abandonado, sin agua. Era baratísimo, así que compramos las 8 hectáreas, que luego fueron distribuidas por mi hija mayor”.

Sin embargo, dicho sitio estaba cubierto por vegetación nativa y árboles como litres y espinos, muchos de los cuales se quedaron a vivir con ella en su jardín. Luego, de manera silvestre, comenzaron a crecer algunos maquis que, hasta hoy, le aportan un poco de sombra y frescura en días de calor.

Con el paso del tiempo, el jardín de Alicia se fue colmando de verde, incluyendo varios árboles frutales y especies que plantaron, como copihues. Hasta ese rincón de Santiago, al exterior de la casa diseñada y construida por uno de sus hijos, era común también que llegaran múltiples aves a visitarla: una loica y golondrinas asiduas al cordel donde se cuelga la ropa, una extensa familia de codornices con sus pollos, y un diucón, entre otros viajeros.

Escritura, ilustración e interacción con el IEB

Con ese telón de fondo, la inspiración seguía más vigente que nunca en la mente de la profesora y pronto llegó el momento en que se conjugaron dos caminos. Alicia Hoffman quería escribir libros sobre ecología, pero también quería dar color y forma a la naturaleza que tanto había observado.  Esta idea surgió estando en el campo, mientras conversaba con Joaquín. “Y ahora que jubilé, ¿qué voy a hacer? Entonces se me ocurrió escribir libros, que no fueran textos escolares sino de complemento, y que abordaran problemas ecológicos y sirvieran para ampliar la visión de los estudiantes en las clases. Le comenté a mi marido que el primer tema podría ser sobre animales en las ciudades, desde piojos hasta caballos. Y él me dijo: Mmm, qué asco, mejor inventa otra cosa”.

Fomentar el vínculo de las personas con la naturaleza, mostrar la biodiversidad y ayudar a proteger nuestro entorno, fueron algunos ideales que motivaron el nacimiento de sus libros: Aves de Chile, 2000; Plantas que comemos, 2003; Ecología, conocer la casa de todos, 2008; Darwin en Sudamérica, nace un gran naturalista, 2009; El alerce, gigante milenario (con el cual obtuvo el premio internacional IBBY, a la literatura infantil, tanto por sus textos como por las ilustraciones), y Ecología del Agua, 2014, entre otros textos.

Su primera creación, “Aves de Chile”, fue un libro que ha tenido gran difusión, y en el cual se retrataba a una especie de ave por página, describiendo sus características, comportamiento y ubicación geográfica. Dicho texto se realizó de la mano con el Instituto de Ecología y Biodiversidad, dando inicio así a una gran y permanente alianza de colaboración que se extiende hasta hoy, y que han permitido a la botánica, establecer fuertes vínculos con diversos integrantes del centro, entre ellos, Juan Armesto, Mary Kalin, Ricardo Rozzi, Elie Poulin y Nélida Pohl.

Tanto éste como otros libros, contaron con detalladas ilustraciones hechas a mano por Alicia Hoffmann, imágenes que retrataba a partir de fotografías, utilizando pluma y lápices de colores. Sin embargo, la faceta artística no era nueva, pues había estado presente desde su niñez, gracias a su familia y a su padre que le mostró los secretos y técnicas de la acuarela. “En mi casa había mucha gente que dibujaba. Un tío pintaba unos cuadros preciosos y mi hermano, Rodolfo Hofmann, era un dibujante fabuloso. Mis hijos también han tenido esa veta en algún momento y tengo algunos nietos que son artistas”, recuerda.

Caja de lápices de Alicia Hoffmann

Respecto a la colaboración con el IEB, la aficionada botánica destaca su relevancia. “En toda esta etapa de creación de libros, ha sido muy enriquecedor e importante la interacción con las personas del Instituto de Ecología y Biodiversidad, quienes siempre han estado aportando ideas, conocimiento y diferente tipo de material, como fotografías”, señala.

Uno de los primeros acercamientos fue con la Premio Nacional Mary Kalin, luego de que Alicia dictara una charla sobre el maitén. A  Juan Armesto lo conoció cuando ambos trabajan en la Universidad Católica, vínculo que se acrecentó después con la creación del IEB. De esta manera, el ecólogo se convirtió en un gran compañero de trabajo, alrededor de una mesa en su jardín y abundantes onces en la que compartían tartas de frambuesa. Con él también, pudo ahondar en materias referidas a la interacción de plantas con animales, dispersión de semillas, polinización, entre otros procesos.

El cofundador del IEB se transformó así, en su verdadero “aval” al momento de escribir libros, desde que elaboraran juntos “Ecología, Conocer la Casa de Todos”. Por su parte, Juan también reconoce el gran aporte, apertura y amabilidad que ella siempre tuvo para compartir ideas, conocimientos y conversaciones, lejos de celos y rencillas propias del mundo científico y académico. Alicia incluso, le regaló un enorme cajón con caquis de su jardín.

“Con Juan nos reuníamos bastante y presentábamos proyectos juntos, generalmente aquí en mi casa, tomando tecito. Así que su apoyo siempre ha sido fundamental, revisando textos y ayudando en las correcciones”, recuerda. En estos encuentros también participaba Joaquín Cordua, aportando ideas. De hecho, fue este último quien impulsó el desarrollo de un texto sobre minería y ecología, elaborado por los tres, y que enero de 2022 saldrá a la luz.

Lo que queda por hacer

Desde su jardín, por el que corren sus dos perros, entremedio de suculentas y una parra que nació y creció de forma inesperada, Alicia contempla el paisaje cotidiano, pero también se inquieta por lo que sucede allá afuera. “Me entusiasma mucho vivir aquí y ver que han aparecido especies nativas que no sabíamos que existían acá, como unas añañucas. Sin embargo, a mi casa ya no llegan loicas ni golondrinas, por ejemplo. Por otro lado, también es lamentable ver cómo se han secado los peumos y otros árboles de la cordillera central. Realmente nos está tocando vivir una época intensa, de cambios muy rápidos. Esto es muy complejo, pero tenemos que hacer algo al respecto”, sentencia.

Por todo ello, la ilustradora quiere seguir plasmando la belleza de la naturaleza y continuar aportando contenidos que fortalezcan el vínculo de las personas con su entorno, y den cuenta de las relaciones ecológicas e impactos de las actividades humanas sobre los ecosistemas. Ella espera que las generaciones más jóvenes aprendan a cuidar su planeta y sientan afecto por el mundo que les rodea.

“Un proyecto actual que tengo, es hacer un libro sobre las plantas nativas de la zona central, considerando también lo que ocurre aquí cerca, en la Quebrada de Macul. Esto es bastante trabajo, ya que a través de dibujos, estamos siguiendo el ciclo de las plantas y viendo cómo crecen y se forman las flores y los frutos. También me gustaría desarrollar otro texto sobre aves de esta zona”, señala Alicia.

Sus más recientes dibujos

Todo eso lo cuenta con los ojos muy abiertos, mientras a unos pocos metros descansan las hojas que hace pocas horas fueron pintadas con la imagen de un diucón, un tucúquere, una loica y un zorzal.